martes, 12 de noviembre de 2013

RECUPERAR EL SILENCIO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XIX)

    Que un escritor y compositor reivindique el silencio como medio de expresión  tal vez pueda parecer un contrasentido. Pero en lo profundo de este alegato hay mucho de verdad. Porque el ser humano, en un elevado porcentaje de casos, ha renunciado definitivamente a ese paraíso, casi desconocido para los nacidos en las últimas décadas, que ha sido y sigue siendo el silencio. Tal vez porque venimos del silencio del útero materno y caminamos inexorablemente hacia el silencio de la tumba, la evolución o involución de la sociedad, según se mire, ha ido creando todo un mundo de estridentes y ruidosas metrópolis donde el ruido es un bien codiciado por la mayoría; acaso como cortina para tapar la realidad que asola a cada persona. Cuando era un chaval y regresaba de tocar en alguna actuación a altas horas de la madrugada, al abandonar a mis colegas y entrar en el portal del edificio donde entonces vivía con mis padres y hermanos, comenzaba a percibir esa sensación de vacío. Por aquel entonces, a partir de las once de la noche no funcionaba el ascensor, y tenía que subir hasta el tercer piso por las escaleras. Observaba las puertas, todo era silencio; entraba en el piso intentando no hacer ruido, oscuridad y silencio invadían el ambiente. La sensación de vacío en la madrugada, después de haber estado en el bullicio de la fiesta y recibir el aplauso del público, era tan intenso que sobrecogía. Muchas personas ajenas al mundo del espectáculo suelen pensar que los artistas viven en un continuo torbellino sonoro. Y en parte es cierto. Pero hay una soledad en la que reina el silencio antes y, sobre todo, después de cada actuación. Si uno no la canaliza bien, puede acabar siendo insoportable. Por eso es muy comprensible la necesidad que grandes cantantes o actores tienen del escenario. Además de estas apreciaciones a nivel físico y psicológico, hay otra función que hace el silencio. Es la base del arte. La pausa más breve o más larga entre los versos de un poema, entre la frase de un actor y su réplica. Y si hablamos de la música, el silencio lo es todo. Sin él no existiría el ritmo, pilar esencial de la estructura de cualquier construcción musical. A nivel emocional, ya lo dijo el poeta Arturo Graf, “Haz silencio a tu alrededor, si quieres oír cantar tu alma”. El silencio propicia el encuentro con nuestro “Yo” más profundo; nos invita a la meditación y la reflexión. En este siglo XXI, en pleno auge de los medios de comunicación, donde todos “decimos”; se hace necesaria una reivindicación como esta. Qué sería del cine sin los momentos en que los actores abandonan la palabra y sólo miran. El silencio es la puerta que nos abre la actitud para la escucha. Y escuchando aprendemos. Hay infinidad de silencios. Hay un silencio pesado como una losa. Es el de los cementerios cuando uno los recorre en soledad en los días grises de otoño. Hay silencios livianos y reconfortantes cuando después de la pasión los cuerpos yacen abrazados entre las sábanas. Hay silencios hirientes, como los del adiós que surge después del tiempo de esplendor. Hay tantos silencios como situaciones. Pero no debemos vincular el silencio a la dejadez. Todo lo contrario. Cultivar el silencio, comprenderlo en nosotros y en los demás, es una labor tanto o más ardua que buscar palabras inteligentes, bellas o conmovedoras. El silencio interior es lo que vendrá después de escribir estas líneas, lo que vendrá después de leer estas líneas. El ejercicio de intentar por unos instantes detener el fragor del mundo y observar la vida desde el silencio, nos hará, sin lugar a dudas, encontrar nuevas perspectivas y formas de percibir lo que nos rodea. Es muy necesario reivindicar el silencio como la base sobre la que se asienta todo lo contrario o diferente a él. Por eso, ya dejo de escribir. Que se haga el silencio.


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