miércoles, 27 de noviembre de 2013

ÉTICA, MORAL Y OTROS VALORES - UN CÓDIGO DE HONOR - PROFESIONALES Y AFICIONADOS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXII)

    Desde que Bob Dylan cantó por primera vez The times they are a changin, hace ya unas cuantas décadas, la profética canción no ha dejado de cumplirse, porque los tiempos han ido cambiando de forma vertiginosa. La otra mítica canción es de Enrique Santos Discépolo, el tango Cambalache, y nos habló del malvado siglo XX. Pero, después de todo aquello, hemos entrado en el siglo XXI con muy poco aprendido y sumidos en un marasmo de bruscos cambios tecnológicos que comienzan a sobrepasar al vulgar mortal y sólo favorecen a unos cuantos que son lo bastante vanidosos como para, sólo por su propio bienestar, arruinar a una nación, una coalición de países o todo un sistema mundial de relativo bienestar. Pero, todo eso, al correr del tiempo, acabaría siendo una mera mancha en la ya de por si sucia historia de la humanidad, sino fuese porque va acompañado de una pérdida total de los valores. A la vista del panorama que se abre ante mis ojos, no puedo por menos que pensar que, un elevado porcentaje de la población mundial, piensa que la ÉTICA es el nombre de una vecina anciana que vive en el edificio de al lado. Por otra parte, es posible que muchos comiencen a pensar que MORAL es una marca de algún cosmético de última salida al mercado. En lo que respecta a VALORES, se entiende, única y exclusivamente, como beneficios de mercado. Así las cosas, mientras nos llenan la cabeza de pájaros sin alas y de sueños sin paraísos, las nuevas generaciones van creciendo bajo el manto infecto de ideologías carentes del más mínimo código de honor; porque la inmensa mayoría de la gente sigue ciega y no se resigna a entender que, ciertos movimientos y ciertas ideologías tenían su razón de ser en un contexto histórico y una situación determinada –probablemente con gran acierto unas y desacierto otras-, pero, en pleno siglo XXI, la inmensa mayoría de los movimientos de los siglos anteriores carecen de credibilidad y fuerza para cambiar las cosas. Sin embargo, seguimos anclados en las mismas historias, con la salvedad de que ya no es sólo que “El dinero pueda comprarlo todo”; es que “Sin dinero no podéis tener nada”. Ese es al final el mensaje subliminal que va implícito en cada discurso, en cada nueva norma, en cada corriente social propiciada por los que manejan los hilos. Bajo la consigna de “Todo es política”, bulle un nido de gusanos que se alimentan del cadáver putrefacto de lo que en algún tiempo fue el ser humano. Porque “ser humano” se ha convertido en querer a los animalitos y a las flores -que está muy bien y es muy loable- aunque para ello tengas que odiar a un elevado número de tus congéneres. Ser humano es amar a la naturaleza, mientras tus vecinos se mueren de hambre. Y las bocas se llenan diciendo: “Quiero un mundo justo y hermoso”. Pero, el que no piense como yo o me lleve la contraria, será para mí un ser execrable al que tendré derecho a juzgar y ejecutar verbalmente en la plaza pública. Este es el mundo que nos han ido brindando para que nos creyésemos sabedores de algo, líderes y emprendedores. Un mundo tan superficial y arbitrario que hace de cada individuo un juez de los semejantes a los que apenas conoce, o de los que no sienten o piensan como él. Al tiempo que lo hace también víctima de estos mismo individuos. Antes existían delincuentes profesionales que tenían un código de honor, que se ceñían a unas reglas inamovibles. Soy un ladrón, pero no un asesino. Te robaré, pero no peligrará tu integridad física. Hoy, cualquier aprendiz puede quitar la vida a un semejante por el mero deleite de matar o un simple afán de ser portada en los medios de comunicación o protagonista de una miniserie televisiva. Hoy, si eso, te voy matando, y después ya veo si tienes dinero o no. El mundo se ha convertido en un lugar inseguro, donde casi nadie es quien dice ser. A pesar de la consigna “¡Que globales somos!”, el “yo” predomina por encima del “nosotros”. La obra de un artista puede dormir en la sombra mientras este pasa hambre, y sin embargo, cualquier descerebrado puede forrarse colgando un video de unos segundos en la red. Tal vez sea verdad que la ÉTICA se ha convertido en una señora anciana que es un mero elemento decorativo. Tal vez la MORAL se corresponda a una marca de algo último modelo. Es posible que lo único que valga sean esos VALORES mercantiles. ¿Y después? ¿Hasta dónde? ¿Puede el ser humano vivir sin sueños ni ilusiones? ¿La vida tiene tan poco valor como para que, esos mismos que tanto la defienden, pisoteen los más elementales derechos humanos? Demasiadas preguntas. Cuando vivimos en una sociedad en la que los dirigentes políticos y “terratenientes” son la principal imagen en los medios de comunicación y acaparan informativos y tertulias; poco más hay que decir. Recuerdo un tiempo en que las tertulias hablaban de literatura, de cine y cosas de ese tipo y, de vez en cuando, de política. Recuerdo un tiempo donde la ficción era un bálsamo para vivir, y no nos estaban escupiendo en la cara cada día una realidad más amarga. Recuerdo un tiempo en que los malos daban la cara y no se escondían tras un muro llamado democracia. Por lo menos sabíamos a qué atenernos. Hoy no sabemos quién es quién. Todo se ha adulterado y confundido en un cúmulo de informaciones entrelazadas, a cada cual más esperpéntica. Antes en las guerras había treguas, los rivales se enfrentaban en duelo al amanecer, y no en los tribunales, enviando a otros para batirse por ellos. Antes callaban tus palabras a fuerza de represión. Hoy te dicen que eres libre; pero hablas y hablas en un batiburrillo de infinitas informaciones, por lo que tu mensaje queda ahogado en un mundo de cosas superfluas y efectistas. Las cosas empezaron con frases como “Yo no tengo nada contra los homosexuales. Tengo muchos amigos y compañeros gays”. Cuando la escuchaba, siempre pensaba. ¡Cuánto sabe la gente de la vida íntima de sus amigos y compañeros! A mí jamás me ha preocupado la condición sexual de mis amigos o compañeros. De hecho, carezco de información suficiente sobre sus intimidades, a no ser que haya compartido algo íntimo con ellos, para saber lo que son. Si es que en el sexo hay que ser algo. Al igual que tampoco doy explicaciones sobre mí vida íntima, tampoco las reclamo. En principio, creo que sería deseable empezar siendo bisexual, y después, ya veremos. El encasillamiento sexual fue el primer signo de que, aunque muchos pensaron que abría puertas de libertad, algo estaba empezando a resultar extraño. Otra de las frases con la que empezó la cosa fue: “Un hombre de color ha resultado…” ¿Un hombre de color? Por aquel entonces pensaba al oírlo que, desconocía que yo no tuviese color. Es decir, que fuese un hombre descolorido. Sentado a la mesa, comiendo con algún músico de otras latitudes, y hablando de este tema, me decía: ¡Pero qué coño es eso de “de color”! ¡Yo soy negro!
     Esas frases sobre la condición sexual de la persona o el color de su piel, comenzaron a instaurar lo políticamente correcto. Después, había y hay una muy interesante que es: “Cualquier tipo de extremismo es malo”. Entonces, comenzó una progresión de las clases políticas hacia un centro –que nadie sabía ni aún se sabe dónde está- de tal modo que, supuestamente, los de ideas severas en sus formas se suavizaron y los revolucionarios se suavizaron también. Craso error. Mi extremismo será malo, en el caso de que yo sea en algún aspecto extremista, siempre y cuando lo quiera imponer a los demás por la fuerza. Pero, tener ideas definidas y situarse en un lugar, no implica ser demoníaco ni perverso. Después vino la frase definitiva: “Todos tenemos derechos, pero también obligaciones”. Bajo esa consigna, acabamos teniendo un noventa y nueve por ciento de obligaciones, y un uno por ciento de derechos. No me den ustedes tantos derechos, que ya los tengo por el hecho de ser humano como ustedes, y dejen de aplastarme con tantas obligaciones. Así, vivimos unos años masajeados en el aceite de la hipocresía, en un mundo donde todos éramos estupendos, porque la sexualidad era dulce, las pieles tenían colores suaves, la política era un jardín de rosas muy centralizado y los derechos y obligaciones vivían en una supuesta armonía.
    Pero todo era mentira. Porque la sexualidad suele ser salvaje, los seres humanos tenemos infinitos colores de piel, la política es un nido de avispas y vivimos bajo la opresión de mil obligaciones impuestas en pos del bienestar.

Los tiempos siguen cambiando; pero ¿nosotros? ¿Qué ha sido de nosotros?


No hay comentarios:

Publicar un comentario