martes, 4 de octubre de 2011

LAS COSTAS DE NORMANDIA

    Cementerio americano en Colleville-sur-Mer. Foto de Julio Mariñas

 En Colleville-sur-Mer, sobre la playa de Omaha, existe una extensión de césped siempre verde en el que se alzan 10.000 cruces como recuerdo de aquellos que perdieron la vida en el desembarco de Normandía. Es el cementerio americano, testimonio de la entrega de miles de soldados, en su mayoría jóvenes, que murieron en las costas del noroeste de francés para liberar a Europa del dominio nazi. Solemne y sobrecogedor, este cementerio tiene un monumento en el que están escritos más de 1.500 nombres de soldados cuyos cuerpos nunca fueron encontrados.
Caminando entre las cruces pienso que la historia no sólo la hacen los grandes nombres, sino los héroes anónimos. Personas que nunca serán mencionadas por los libros, pero su esencia llena los acontecimientos que cambiaron el rumbo de nuestras vidas.

 9.387 cruces de mármol blanco, latinas y judías entremezcladas;
 testimonio de la perdida de vidas humanas en Normandia.
Foto de Julio Mariñas

    En la ciudad de Bayeux, observo los últimos veteranos de la 2ª Guerra Mundial paseando sus calles con las medallas adornando sus chaquetas; testimonio viviente de aquellos días.
    Aunque los ataques de distracción de los aliados hicieron  pensar a los alemanes que la invasión sería por el Paso de Calais; Hitler ordenó que se inspeccionaran y fortificaran todas las defensas de su ejército en la costa francesa. Encomendó esa tarea al veterano comandante del África Korps, que había luchado contra los aliados en África del Norte, Rommel, el “Zorro del desierto”. Para desgracia de los aliados, Rommel era un militar muy astuto. Creó la “Muralla del Atlántico”; unas fortificaciones permanentes a lo largo de 700 Kilómetros de costa  construidas por los alemanes y los prisioneros de guerra.  



RUINAS DE UN BUNKER (Batería de Point-du-Hoc, Normandia) Foto de Julio Mariñas

 En los acantilados de Omaha, camino entre los enormes agujeros que las bombas han dejado en el terreno. Observo los restos de uno de los búnkeres, el círculo donde se ubicaba la ametralladora que tantas vidas sesgó y los restos de una alambrada oxidada. Aún sobrecogen el ánimo estas ruinas abandonadas.
    Rommel también reforzaría la artillería y las ametralladoras.  Pondría campos de minas y defensas hechas con maderas y raíles de tren que dificultarían el desembarco en las playas.
INTERIOR DE UN BUNKER EN POINT-DU-HOC. Foto de Julio Mariñas

    Dentro de la tragedia, fue una suerte que la petición que hizo Rommel de enviar también a la costa a los efectivos que estaban en el interior de país, no fuese atendida por Hitler. Aún así, el desembarco de los tres millones de hombres en las costas normandas fue una hazaña que costó un gran número de vidas humanas. Y la playa de Omaha, que me recibe en este septiembre de 2011 con un cielo gris y lluvioso, fue la más difícil de conquistar y donde más hombres murieron. Con sus 8 kilómetros de longitud, no era el lugar más idóneo para el desembarco de Día D. La suave elevación permitía a los alemanes ocupar un terreno llano a cierta altura sobre el nivel del mar. Fueron ocho cañones pesados, treinta y cinco antitanques y ochenta y cinco ametralladoras las que instalaron aquí los defensores. Además de cubrir con alambradas el lugar, para dificultar la ascensión.
LA PLAYA DE OMAHA. Foto de Julio Mariñas


   

    Observo las aguas del mar del Norte. Recuerdo los testimonios de algunos supervivientes que decían que el 6 de junio de 1944 se tiñeron de rojo por la sangre de miles de muertos.
    El verano está tocando a su fin y hace un día inestable. En el mes de junio de 1944, desde las costas de Gran Bretaña, el general estadounidense Eisenhower debió mirar al cielo con mucha más incertidumbre. El tiempo cambiante en el Canal de la Mancha podía hacer peligrar la “Operación  Overlord”. Por fin dio la orden y, el 5 de junio, 5000 barcos se hicieron a la mar llenos de soldados de diferentes nacionalidades, en su mayoría estadounidenses y británicos; entre ellos, más de 700 buques de guerra que debían cubrir el desembarco.
El horizonte de la playa de Omaha se llenó de embarcaciones
que navegaban hacia las costas de Normandía. Foto de Julio Mariñas



    Hoy ya no queda nada de los nidos de ametralladoras pesadas y morteros que desde la altura esperaban el desembarco aliado. Pero sería la 352ª división, veteranos alemanes del frente ruso que llegaron a Normandía para instalarse estratégicamente en los acantilados, los que convertirían la playa de Omaha en un infierno durante ocho horas.
    En el centro de la playa, un monumento recuerda los trágicos acontecimientos.
    Puedo imaginarme un sin fin de barcos apareciendo en el horizonte. En la hora H, la 29 División de Infantería, con ocho compañías de Rangers estadounidenses, asaltaron la zona oeste de la playa. Los veteranos de la 1ª División de Infantería, la zona este. Cientos murieron  abatidos mientras salían de las lanchas de desembarco; otros heridos murieron ahogados por el peso de sus mochilas. Los que lograban pisar la arena tenían que pasar las zonas minadas. El famoso fotógrafo Robert Capa, plasmó esas imágenes, antes de huir en una lancha de evacuación de heridos. Cuentan los supervivientes, como los muertos mostraban el camino a seguir y se luchaba cada metro de playa. Para mayor desgracia, los carros blindados de apoyo a la infantería, fueron lanzados muy lejos de la orilla y se hundieron en su mayoría. Sólo llegaron cinco.
 Cráteres que dejaron los impactos de las bombas aliadas sobre los acantilados de Point-du-Hoc
Foto de Julio Mariñas


    Las arenas de Omaha están cargadas de historia. Las observo sobrecogido. Hay lugares que es imposible no ver con profunda emoción.
    Los soldados que consiguieron salir con vida, aún no se explican como pudieron hacerlo. Para la historia han quedado actos heroicos como los de Thomas Verdín, sanitario de la compañía A, que se desnudo y animó a sus compañeros para que lo siguieran y sacaran a los heridos que flotaban en el agua.
    Los rompeolas, debajo de los acantilados, fueron refugio para muchos soldados. Algunos Rangers consiguieron escalarlos. Otro de los grandes hombres de esta lucha fue el coronel Rudder, que combatió dos días por conservar Point-du-Hoc. Murieron la mitad de sus hombres antes de que llegaran los refuerzos. 

El cielo gris sobre los acantilados de Point-du-Hoc, escalados por los Rangers en el Día D
Foto Julio Mariñas

    Omaha, esta playa que se muestra ante mis ojos solitaria, estuvo invadida por la niebla, el humo y el polvo, mientras los zapadores intentaban llegar a las alambradas. Ocho horas después del desembarco, el general Omar Bradley sopesó el retirar las tropas y llevarlas a la playa de Utah. Pero, unos pocos hombres consiguieron abrir las defensas alemanas. El coronel Taylor les dijo a sus soldados que morirían si quedaban en la playa. “Ahora, vámonos de aquí”. Cuando cayó la noche, los estadounidenses consiguieron acabar con las defensas alemanas en Omaha.
Restos de una batería alemana destruida. Foto de Julio Mariñas

    Creo que conocer la playa de Omaha, ha sido una invitación a la reflexión. Tal vez, el meditar sobre ello me acarrea más dudas que conclusiones, pero no me importa. No se pude vivir de espaldas a la historia. ¿Qué lleva a un hombre a iniciar una guerra que provoca millones de muertos? ¿Por qué los hombres se matan? La playa de Omaha adquiere un significado muy importante por la dimensión de la batalla, por estar encuadrada en la 2ª Guerra Mundial, porque es un momento decisivo en la historia de Europa. Pero, no puedo olvidar que en el instante que yo contemplo una playa limpia, sin rastro de sangre derramada; hay cientos de lugares en el mundo donde se vierte sangre.

Restos de alambrada defensiva alemana en Point-du-Hoc.
 Foto Julio Mariñas

      Los seres humanos tenemos las manos manchadas de sangre. Y todo por conquistar un absurdo poder tan efímero como la vida misma. En esta agua de Normandía que hoy contemplo, murieron miles de hombres y, con ellos, sus ilusiones, sueños y esperanzas.

La Guerra - Obra de Julio Mariñas - 1994

   Comienza a llover con fuerza. Mientras me alejo, observo el horizonte. La historia se mece en las olas. Una historia tapizada por los cuerpos de héroes anónimos.
En el interior de un Bunker alemán. Foto Julio Mariñas



1 comentario:

  1. Que envidia, cuando yo estuve por la zona de Bretaña no ibamos con sufieciente tiempo para ir a Normandía, pero seguro que iremos algún día.

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