domingo, 23 de octubre de 2011

CUANDO LAS CARRETERAS ERAN CAMINOS DE TIERRA - A MI AMIGO JUAN CARLOS OTERO

     

    El destino es un extraño sin rostro que acecha en la oscuridad del cuarto donde brotan las horas. Cuando jugábamos en las polvorientas calles del barrio a las canicas y el trompo, mientras invadíamos las fincas cercanas para asaltar sigilosos los árboles  frutales de los vecinos, o cuando nos peleábamos sin descanso con nuestra habitual mala leche; no sospechábamos nunca que llegaría un día en que la época desenfadada de la niñez se desvanecería sin apenas darnos cuenta y pasaría a formar parte de los lejanos recuerdos que el tiempo va diluyendo sin piedad. Entonces, las horas latían en nuestras manos con fuerza y brillaban los ojos ante cada nueva aventura. Las playas y sus frías aguas eran cristalinas como nuestros pensamientos aún no lacerados por los años. En aquel campamento de verano suspiramos por unos ojos verdes tan profundos como inalcanzables. No lo sabíamos entonces. Pero era el tiempo del despertar a la vida más intensa.

La niñez


    La música era un juego y envolvía nuestra existencia como un bálsamo milagroso. Cada nota habla hoy de instantes escondidos en la memoria. Porque, aunque este ahora se nos antoja cruel y despiadado, debemos pensar que las luces aún no se han apagado. Sucede como al final de aquellas primeras verbenas, cuando uno regresaba a casa y sentía el silencio después del jolgorio de las gentes, Un vacío que desasosiega el alma. Pero, como entonces, debemos pensar que pronto habrá una nueva “actuación”. De nuevo se encenderán las luces, sonará la música y el público aplaudirá. Nosotros, que hemos conocido el calor de los espectadores y esa soledad de los cuartos vacíos; sabemos lo que es eso.

Primera actuación en público como clarinetistas

   

    Hoy el cielo es gris y sus nubes amenazantes envuelven los sentidos y aprietan el ánimo. Entonces, el sol brillaba en lo alto, mientras sumergidos en las aguas, jugábamos bajo las olas. Tal vez los cuerpos estén marcados por las cicatrices del tiempo. Pero, como cuando tocábamos hasta la extenuación, hasta que nuestros labios sangraban por la constante presión; los dos sabemos que somos los supervivientes de una generación de músicos que conocieron el renacer de todo un nuevo concepto de entender este arte.

La adolescencia

    Desde aquellas primeras clases en un conservatorio de aulas con techos altos y largos pasillos, al que se accedía por unas crujientes escaleras de madera. En aquellos reductos donde unos pocos jugábamos con el clarinete y el saxofón; donde todos nos conocíamos. Hasta hoy, en que aquel sabor antiguo ha quedado para siempre en nuestros instrumentos primeros ya callados; han pasado muchas cosas. La tonal y brillante melodía de entonces, se fue sincopando sin apenas darnos cuenta. Los acordes tríadas fundamentales se fueron enriqueciendo. Séptimas y novenas hicieron acto de presencia. Comprendimos que las cadencias no siempre eran perfectas. Ni siquiera plagales. Que en la vida había acordes que no resolvían como nos habían contado. Que la existencia tenía mucho más de blues, que de canción infantil para flauta dulce o melódica. Así, se fueron diluyendo las ilusiones. Los niños rebeldes, nos convertimos en jóvenes rebeldes, adultos rebeldes. Hasta que la vida nos fue marcando un compás cada vez más irregular, cada vez más compuesto.

La juventud


Hoy, sabemos que un cuarto de tono puede hacer cambiar radicalmente la melodía de la vida; que la existencia no es tan simple como una tercera mayor o menor; que hay escalas pentatónicas mucho más rotundas que una simple escala menor armónica. Sobre todo aquello que aprendimos a fuerza de tesón y noches sin dueño, se ha extendido hoy un velo sutil pero poderoso. Quieres liberarte en un gesto ansioso y desesperado. Entiendo tu prisa, tu angustia por volver a sentir el tacto metálico de las llaves y hacer sonar el saxo que te espera. Pero recuerda aquellos días en que bajo las aguas aguantábamos la respiración mientras hacíamos la competencia a los peces. Cuando ya no teníamos aire, subíamos a la superficie donde brillaba el sol de estío. Tarde o temprano tiene que llegar ese día. Una bocanada de aire fresco volverá a inundar los pulmones, y el blues que hoy es triste, sonará vivo; y una improvisación sin fin, volverá a dar la bienvenida al lugar donde habitan las antiguas melodías reencontradas. Esa ha sido la suerte en nuestras vidas. Que la música nunca nos ha abandonado.
Los sueños anclados

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