domingo, 23 de octubre de 2011

LAS CATACUMBAS DE PARIS - UN VIAJE A NUESTRO DESTINO

    En los albores de la humanidad comenzó el hombre primitivo enterrando a sus seres queridos. ¿Ritos funerarios? De cualquier manera, la acción de sepultar los restos inanes de lo que antes tuvo vida, fue un impulso generado por la necesidad de no contemplar la degradación de los cuerpos yacentes y evitar ver el rostro del destino que nos espera. La primera vez que, siendo muy joven, asistí al amortajamiento de un cadáver, viendo la manipulación de aquel cuerpo inerte que apenas unas horas antes tenía vida, sentí que nada quedaba en él de la persona que había conocido. ¿Algo lo había abandonado? ¿Tal vez sólo la vida como la entendemos los humanos? ¿Qué es la muerte cuando después del fallecimiento nuestro cuerpo alberga vida?


La contemplación de mondas calaveras inspiran profundo respeto
e invitan a la reflexión sobre la existencia del hombre.

    En el corazón de Montparnasse en París, es posible visitar las Catacumbas. Un laberinto de kilómetros de estrechos corredores han servido de última morada a millones de huesos. Es posible caminar entre ellos por los húmedos pasadizos en un ambiente que no pasa de los 14 grados de temperatura. Un respetuoso silencio inunda los largos pasillos en semioscuridad. Lo que en la época romana eran unas minas de piedra caliza,  a finales del siglo XVIII se convirtieron en un cementerio bajo tierra. Su nombre es “Les carrières de Paris”, y los visitantes sólo tenemos acceso a una pequeña parte del conjunto, que se extiende a través cientos de kilómetros de túneles subterráneos. Aún así, el entramado de túneles y cuartos bajo tierra resulta impactante. Fue el exceso de restos humanos que desbordaban los cementerios de la ciudad de París, y concretamente la situación en el distrito de Les Halles –Víctor Hugo, en su novela “Nuestra Señora de París”, nos habla del lugar como “La Corte de los Milagros”; era una zona del París medieval habitada por mendigos, ladrones y prostitutas. Recibió este nombre porque sus habitantes, por el día, pedían limosna fingiendo ser ciegos o discapacitados;  pero de noche, ya en “la Corte”, recuperaban la salud “milagrosamente”. Hoy en día, el lugar lo ocupa un gigantesco centro comercial, El Forum de les Halles, donde se puede encontrar casi de todo-. Fue en el siglo XVIII, en este lugar, donde la situación se hizo insostenible ante el aumento de enfermedades debidas a la contaminación por el manejo de cadáveres, especialmente en el cimetière des Saints-Innocents; lo que llevo en 1786 a Monsieur Thiroux de Crosne, teniente general de la policía, y Monsieur Guillaumont, inspector general de las minas; a utilizar estos subterráneos. Durante más de un año, los carruajes cruzaron las noches parisinas para depositar los restos de seis millones de personas. Estos subterráneos fueron también refugio de la resistencia durante la 2ª Guerra Mundial, y soldados alemanes establecieron un búnker subterráneo, debajo de Lycée Montaigne.

Silencio y penumbra custodian miles de huesos humanos en el corazón de París.
    En las Catacumbas parisinas se pueden encontrar cosas tan insólitas, como la obra que está poco antes de la entrada del osario de Denfert Rochereau. Una representación tallada en la piedra de la fortaleza de puerto de Mahón de la ciudad de Menorca, en las Islas Baleares. Fue realizada desde 1777 hasta 1782, por un trabajador llamado Décure, un veterano de los ejércitos de Luis XV, cautivo en las mazmorras del Puerto de Mahón, y liberado por las tropas del Duque Richelieu en 1756. Dedicó cinco años de su vida para    esculpir la reproducción bastante fiel del lugar donde había sido internado. Quiso terminar su trabajo mediante la construcción de una escalera que iba a facilitar el acceso, pero un derrumbe acabó con su vida.
    Esta es una de las muchas sorpresas que nos deparan las Catacumbas de París. Su corazón alberga cientos de historias con las que se podrían llenar páginas.
    Ante las mondas calaveras, es imposible no recordar el famoso monólogo de Hamlet escrito por Shakespeare y la conocida frase “To be or not to be, that is the question”. Es cierto, “ser o no ser”, es, valga la redundancia, lo único importante. Todo lo demás es superfluo. La incineración, ideal desde el punto de vista higiénico, también tiene algo de, ese no querer afrontar la putrefacción de los cuerpos, el lento degradarse de los huesos. En mi infancia, en algunos pueblos aún era posible ver en las noches la luminiscencia provocada por las emanaciones de fósforo de los huesos en los cementerios poco iluminados. Son los llamados fuegos fatuos, que han dado origen a todo un mundo de leyendas. Lo cierto es que, la aceptación de la fugacidad de la vida cuesta mucho al hombre. Así, establecemos actitudes fundamentales para afrontar la realidad. Una es “Vivir como si no fuésemos a morir nunca”. Otra es “Vivir preparándonos para otra vida mejor”. Cualquiera de las dos actitudes condiciona nuestra existencia de un modo posesivo. En el primer caso, los ejemplos ilustrativos son la acumulación de riquezas, muchas más de las que se pueden gastar en una vida, y el desprecio hacia las pequeñas cosas. Como si la eternidad nos permitiese en otro momento disfrutar de ellas. Así, en su ambición, el hombre “trabaja” incesantemente para acumular bienes materiales que jamás podrá disfrutar. Se embarca en grandes empresas de las que nunca verá su fin. Olvida los sutiles detalles que son la verdadera riqueza de la vida. Algo tan sencillo como ver amanecer o ver anochecer, sentir la esencia de la naturaleza de la que venimos; una palabra, un gesto, una caricia. “Vivir como si cada instante fuese el último”, sería la verdadera fórmula contra “Vivir como si no fuésemos a morir nunca”.
    En el segundo supuesto, “Vivir preparándonos para otra vida”; surgen para el hombre una serie de normas que condicionan su pensamiento y su verdadera naturaleza. El ser humano, condicionado, se convierte en esclavo de si mismo al intentar llevar una vida que entiende como un simple puente para otra mejor. Las pautas marcadas crean una existencia “artificial”. Queremos construirnos una vida a medida para prepararnos a una nueva vida después de la muerte y, en nuestra ansia por huir de la finitud, olvidamos la verdadera esencia del ser humano. Se dice que el hombre es el único animal que sabe que va a morir. Es posible. Tal vez por eso ha aprendido a reír. No deja de ser una forma de trivialidad el hecho dramático que supone la muerte. Contemplando estos huesos en la penumbra de las Catacumbas de París, creo que lo adecuado sería vivir sin más. Está claro que todos los indicios apuntan a que un día vamos a morir. Está claro que no tenemos “noticias” de que después haya una vida mejor. Así que, lo más prudente es saborear el presente, mientras no encontremos algún dato fiable sobre nuestra eternidad o sobre una vida mejor que esta. Cuando vuelvo a la superficie, la luz de París acaricia mi rostro. Siento que estoy vivo. Es lo único cierto en esta tarde de septiembre.


La visita a las Catacumbas de París es una cura de humildad y nos habla de la brevedad de la vida.

 

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