domingo, 4 de septiembre de 2011

FRANÇOIS TRUFFAUT – LOS DULCES SUEÑOS Y LA CRUDA REALIDAD (PARTE IV)

      En esta ocasión, el cineasta elabora su película desarrollando la novela de Ray Bradbury  “Fahrenheit 451”; mostrándonos un film de gran contenido que, con la facilidad que caracteriza a las películas de Truffaut, se va haciendo más profundo a medida que avanza en su argumento. La sociedad que Bradbury escribió y se nos muestra, es casi inofensiva si la comparamos a la actual. En “Fahrenheit 451” todo es simple. El poder establecido domina a las gentes mediante la televisión, que es el altar de sus hogares, y las pastillas como remedio a todos los males que puedan surgir. Es fácil apreciar de inmediato que la sociedad actual, aunque envuelta en un halo de hipocresía, se asemeja mucho a la plasmada en la película. La televisión, mediante los informativos y los programas banales en los que el público participa activamente, marca las pautas, las modas y los personajes a seguir como modelos. La medicina preventiva, en algunos casos practicada de forma extrema, pone la venda antes de la herida, invitando a pastillas que previenen el exceso de colesterol, la tensión arterial alta y otras sintomatologías que pueden llevar a patologías peores; sin olvidarnos de la lista de fármacos antidepresivos; o en otra línea, cremas anticasitodo. Por lo que respecta  al eje central de la película. “La quema de libros buscando su extinción total” por parte de las brigadas de unos bomberos que los hacen arder cuando alcanzan esa temperatura de 451 grados Fahrenheit; no es una situación nueva en casos menos globales de la historia, pero si bastante significativos. Desde la Inquisición, hasta las ideologías radicales de cualquier signo político; los libros han sido pasto de las llamas en múltiples ocasiones. El poder necesita de una sociedad que camine los senderos que se determinan en los despachos. Por eso, son muy peligrosos “Los individuos que leen”. La lectura, al igual que el viajar, nos da una visión amplia y profunda de nuestra existencia, nuestra grandeza y nuestra pequeñez; nos acaba llevando a nuestras raíces más profundas y lejanas. Por eso, a los regímenes radicales no les interesa que sus ciudadanos puedan abandonar sus fronteras con facilidad. Conocer otras realidades los pueden despertar a  formas de vida mejores. La sensual Julie Christie interpreta dos papeles en la película. El de Clarisse, expulsada de su trabajo de profesora por “antisocial”; y Linda, la mujer del  bombero Guy Montag, interpretado por Oskar Werner; esposa complaciente absorbida por el sistema. Cuando Clarisse pregunta a Guy “¿Por qué? ¿Cómo empezaste? En relación a su trabajo de quemar libros. Él no sabe contestar con claridad. Probablemente es porque ya ha nacido en una sociedad donde los libros son el mayor pecado; o acaso, porque ni se ha dado cuenta del proceso de lavado de cerebro al que ha sido sometido por el sistema.       



Si bien, la película no esta considerada de lo mejor en la filmografía de Truffaut, tiene como aliciente ser el mayor homenaje que se ha hecho nunca en el cine al libro y a la literatura. Los que tenemos la fiebre de la lectura, nos sentimos conmovidos por el terrible espectáculo de la quema de libros por parte de las brigadas de bomberos. Libros a los que Truffaut se encarga de dar identidad cuando hace primeros planos de sus portadas mientras son arrojados al fuego y se queman. No puede existir espectáculo material más desolador para un amante de la lectura que esas imágenes. Cuando Linda descubre a su marido Guy leyendo, se entabla una discusión. Es muy significativo lo que él contesta. “Estos libros son mi familia”. “Detrás de cada uno de estos libros hay un hombre”. ¡Que gran verdad! Tengo la sana costumbre de recorrer mi biblioteca y observar los libros. Detrás de cada uno de ellos hay una historia. Recuerdo el momento en que los vi por primera vez, los compré o me los regalaron. Cuando veo a Guy; ese bombero que no quiere seguir quemando libros, leyendo de noche una enciclopedia; recuerdo mis años de infancia y adolescencia en los que leía con avidez, incluso los diccionarios, todo lo que caía en mis manos. La escena más impactante de la película es cuando el jefe de bomberos descubre la biblioteca oculta en la planta superior de la casa de una mujer. Nuestro protagonista, cada vez menos convencido del oficio que desempeña, contempla atónito como su jefe y compañeros tiran todos los libros al piso inferior para quemarlos. Entonces, en medio de ellos, como una heroína de ópera, madura y entrada en carnes, la mujer decide su destino. “Quiero morir como he vivido”. “Estos libros están vivos. Me hablan”. Y enciende la cerilla que, al precipitarse sobre los libros bañados por el líquido inflamable los hace arder con rapidez engulléndola a ella. Linda delata finalmente a su marido. Es una revelación más que nos hace la película, acerca de cómo las convenciones sociales y normas impuestas al individuo  pueden llevar a traicionar a los seres más cercanos. Guy decide ayudar a la profesora Clarisse, descubriendo que vive en la clandestinidad. En un pequeño cuarto observan una mecedora. Ella le dice: “La gente se sentaba en ella en su porche y hablaba con cualquiera que pasaba”. Una vez más, la realidad nos golpea en la cara y, a poco que meditemos, podemos observar lo lejos que ha quedado la comunicación directa, tranquila, sin prisas, mirando a los ojos de la gente. Truffaut nos lleva, mediante la huida de Guy, que es perseguido por “la justicia” por asesinar a su jefe cuando este descubre los libros que tiene y se dispone a quemarlos, a un humilde paraíso de gentes “sin patria” que viven al final de una vía muerta en un viejo vagón de tren, dedicados a memorizar los libros para intentar pasarlos de generación en generación para que esas palabras escritas no se pierdan. Es un regreso a la tradición oral que, en los primeros tiempos de la humanidad, fue el germen de la literatura. Novela muy recomendable la de Bradbury. Hoy, en la era de internet, el libro sigue teniendo esa presencia, esa personalidad que la forman su tacto, su encuadernación, su olor, su “transformación” al ser leído. Una personalidad insustituible. Los de mi generación y las anteriores no seríamos lo que somos sin los libros. Desde las novelas de Julio Verne, Salgari, Stevenson y otros, que nos llevaron en nuestra juventud a recorrer el mundo; pasando por libros como La Odisea, El Quijote o Fausto, que nos descubrieron personajes eternos; hasta novelas que nos han hecho reflexionar como 1984, Un mundo Feliz o Fahrenheit 451. Los libros han salpicado nuestra vida de miles de vidas paralelas. La lista sería interminable. Un mundo sin literatura, música y cine; sería un mundo profundamente caótico. Este triunvirato es la fuente que alimenta a las personas que, a pesar de todo, queremos seguir soñando.


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