viernes, 14 de agosto de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - V




    -¡Hombre! ¡Por fin apareces!
    -Está interesante el desván.
    -¿Qué hay por ahí?
    -No guardarás una ninfa extraviada de su bosque.
    -Sólo hay una maleta.
    -¿Sólo una maleta?
     -Sí.
    -¿Una maleta con una ninfa dentro?
    -No. Sólo una maleta.
    -Recuerdo la discusión que tuve con mis padres siendo un chaval por culpa de una maleta.
    -¡Vaya, Doctor! ¿Pero usted ha sido joven?
    -¡Qué impertinente es usted, Señor Director! No sé cómo los músicos de su orquesta lo soportan.
    -Adoran mi fina ironía.
    -Bueno ¿y la historia?
    -Tú tranquilo, Abogado; que de ella no nos libramos.
    -Muy a su pesar, Director, la contaré. Creo que al Poeta, al Abogado y al… Meditador de áticos, les interesa, a juzgar por sus caras.
    -Que no sea por mí.
    -Tenía dieciocho años.
    -Eso es empezar bien.
    -No lo dude, Poeta; yo he tenido en algún momento de mi vida dieciocho años. Pues eso; mis padres se iban de viaje y ya habían preparado el equipaje. Yo me iba por mi lado de fin de semana con mi coche y una pequeña maleta que ¡Oh infeliz coincidencia! era igual que la maleta en que mi madre llevaba los planos de un proyecto que, aprovechando el viaje, iba a presentar en Dublín.
    -Es lo que tiene ser de familia rica; la variedad automovilística.
    -No sea pedante, Abogado. Era fin de semana y yo cogí el coche y me fui a la sierra, sin saberlo, con los preciados planos en la maleta. No tenía costumbre de dar referencia a mis padres de los paraderos de fin de semana. Cuando llegaron a Irlanda y mi madre abrió su maleta, se armó un lío monumental. Ese fue el inicio de un divorcio anunciado. De vuelta a casa, en los meses siguientes, cada vez que surgían disputas, la maleta era el tema central; ya que mi madre culpaba a mi padre por habernos comprado el mismo regalo de cumpleaños que, como se pueden imaginar, era la dichosa maleta. Mi padre, en descargo de su culpa, decía: “No se pueden mezclar los negocios con el placer”; y se quedaba tan ancho; mientras mi madre desesperaba por haber perdido, según decía ella “El gran proyecto de su vida”, a su juicio, vital para su carrera.
    -Curiosa historia, Doctor. Pero la mía es mucho más divertida. Dirigía por aquel entonces una banda de música y nuestra misión era tocar en el recibimiento de unas autoridades en la estación de tren. Cuando el Señor Ministro iba a salir del vagón acompañado de su séquito y nuestros bellos acordes, tropezó con la pequeña maleta que una señora había dejado en una esquina mientras se ocupaba de su hijo, y se pegó tal batacazo contra las escaleras que aún hoy me duelen los dientes sólo de pensarlo.
    -Pobre Señor Ministro. Seguro que tuvo que estar unos cuantos meses sin poder degustar como es debido mariscos y carnes de esas que están prohibidas habitualmente para la economía de los demás mortales.
    -No lo dude, Abogado. Tal y como se partió la boca, seguro que la pajita fue su compañera inseparable durante una buena temporada.
    -¿Y usted, Meditador de Áticos, tiene alguna anécdota?
    -No. Pero creo que una maleta es mucho más que una simple anécdota. Una maleta es…
    -¿Le pasa algo?
    -No, nada, Doctor. Si me disculpan, estoy algo cansado.

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