viernes, 16 de enero de 2015

UNA MUJER

    A la orilla de un río que desciende caudaloso, rápidos espumosos sobre rocas dormidas; una mujer llora. El mundo es tan injusto y condescendiente a la par. Sí; insultantemente condescendiente. Y el llanto de la mujer cae en amargas lágrimas al río que pasa sin detenerse ante su soledad. El destino tienen tonos ambiguos que acaban volviéndose grises y funestos. Estoy aquí, en la otra orilla. Observo a la mujer en su dolor, transida de tristeza y desencanto. Yo también soy culpable de esa pena. ¿Por qué no? ¿Acaso no intentar curar la herida no es parte de la culpa? Todos somos culpables de ese llanto que el torrente arrastra hacia el mar, ensuciando las saladas aguas de un mundo falso y sin conciencia.



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