lunes, 15 de abril de 2013

CONVERSACIONES CON SENIA (VIII)


    Cuando las últimas luces del día vierten en postrero suspiro su haz velado, lastimero, quejumbroso; camino con paso lento y descuidado el sendero que sólo tiene un único destino; ese pequeño reducto de calma donde la joven Senia, apoyada en la baranda de madera, contempla el fugaz discurrir de las aguas; líquido que tanto dio a la filosofía; propicio elemento en que Arquímedes halló la inmortalidad, agua que Demócrito usó en sus reflexiones para hablarnos de lo inexorable del tiempo. Aguas que han cantado los poetas desde los primeros trovadores hasta nuestros días. Y los dos, Senia y yo, en silencio respetuoso, observamos el fluir del torrente que, al igual que nuestras vidas, continúa su camino a pesar de ser consciente que hallará su final en la inmensidad de un mar que lo convertirá en anónimo; como anónimas se vuelven la mayor parte de las vidas cuando acaban sus discurrir inexorable.
    -Hoy podía haber sido un día como otro cualquiera. Pero no ha sido así.
    -Dime, Senia.
    -Pensé en precipitarme al fondo de las aguas y dejarme llevar…
    -No te puedo creer.
    -Si, lo pensé. A veces la vida se muestra tan inútil.
    -Todos, sobre todo en nuestra juventud, hemos tenido en algún momento esa sensación de inutilidad.
   -¿Recuerdas aquel tiempo, Julio?
    -Recuerdo todos los tiempos. Imposible olvidarlos.
    -¿Y has sacado alguna conclusión pasados los años?
    -Las conclusiones las dejo para los intelectuales, los científicos, los estudiosos de esto y lo otro. Yo, que soy un simple creador de frases y melodías, la única conclusión que puedo vislumbrar es que la vida, Senia, es una novela sin final, una melodía sin resolución.
    -Háblame entonces de esos tiempos, Julio.
    -Soy demasiado pudoroso para hablar de mí…
    -Háblame en clave literaria entonces; o musical, si quieres.
    -Mi niñez fue un gran mosaico de tebeos y novelas de aventuras. Desde los que ya entonces comenzaban a morir, como Roberto Alcazar y Pedrín, el Guerrero del antifaz, el TBO; hasta los que estaban en pleno apogeo, como el capitán trueno, el Jabato. A los que venían más frescos, y ahora han resucitado con el cine, la Patrulla X, Spiderman, La Masa, Conan el Bárbaro. Sin olvidarme de Tintín y Asterix y Obelix.
    -Sin duda, lo pasaste muy bien.
    -Si, mucho. Y, en medio de eso, las novelas de Julio Verne, Stevenson, Salgari, y muchos otros que empezaron a despertar en mí el interés por escribir, por inventar historias.
    -¿Eras muy niño entonces?
    -No tenía más de nueve o diez años cuando comencé la que yo pretendía fuera una novela de aventuras. Por supuesto, no pasé de las primeras páginas.
    -¡Cuantos mundos se pueden visitar leyendo!
    -Si, muchos. Es la mejor manera de soñar.
     -Espero que otro día me hables de las lecturas de tu adolescencia.
    -Tal vez, Senia. Aún a fuerza de aburrirte.
    -No lo haces.
    -Un libro es algo maravilloso. Te lleva a mundos que desconoces. Comparte contigo todo lo que contiene en sus páginas y deja volar tu imaginación, interpretarlo.
    -¿Y cuales son tus sensaciones cuando escribes?
    -Escribir es un viaje que no se puede explicar con palabras. Es como tener una vida paralela en la que construyes, te dejas llevar, tropiezas, te elevas y caminas por los senderos de tu esencia más íntima. Por los rincones más insospechados de tu cerebro y tu alma.     
    -Espero que pronto vengan noches más calurosas, Julio. Y te animes a bañarte conmigo.
    -Puede que vengan. Tal vez. La vida es tan impredecible.

FOTO JULIO MARIÑAS

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