lunes, 1 de octubre de 2012

SIENTO EL DOLOR


    Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. Este triste inicio de siglo XXI que me ha tocado vivir, está confirmando mis sospechas de la naturaleza cruel del ser humano. Porque la naturaleza es cruel en su ciclo de vida y muerte; pero el homo sapiens tuvo una oportunidad –no me importa si otorgada como dicen unos o por méritos propios como dicen otros-; tuvo la oportunidad de racionalizar su agresividad, su impulso salvaje; y crear una tierra semejante a ese Paraíso Perdido tan soñado. Pero no lo hizo. Malgastó su mayor capacidad craneal y, a cambio de esporádicos períodos de serenidad donde no había cabida para lo salvaje, escribió la historia con sangre de sus semejantes. Aprendió a reír, pero, a día de hoy, una gran mayoría de personas sólo saben reír y se felices a costa del llanto y la infelicidad de los demás. El ser humano se jacta de dominar el fuego, pero quema los montes; se vanagloria de inventar la rueda, pero mata a sus semejantes en el asfalto; se enorgullece de haber llegado a la luna, pero desconoce lo que sienten y padecen los que están a escasos metros de él. Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. A cambió de perder su condición salvaje, el homo sapiens fue construyendo una corona de vanidad y prepotencia que lo llevará al abismo más lamentable. Nunca he creído en ellos. Ni en los unos ni en los otros, ni en los de más allá. Sólo en la sonrisa de un niño, en la mirada de la amada o en el abrazo del amigo. Ha quedado tan lejos la inocencia de aquellos primeros homínidos que, al abrigo de las cavernas o recorriendo tierras inciertas, sólo pretendía sobrevivir. Siento el dolor. En algún tiempo de mi adolescencia creí que los poetas, los artistas, podíamos cambiar el mundo y llenarlo de belleza. Lo soñé muchas noches. Cuando las noches morían en amaneceres radiantes. Pero eso es otra historia. Ahora sólo hay vanidad y dolor. La vanagloria del poderoso, la humillación del oprimido. No se puede quitar la dignidad a los seres humanos que quieren ser dignos, no se pueden ahogar las esperanzas de futuro de indefensos niños, no se puede estar tan ciegos ante la Torre de Babel que, a lo largo de los siglos, hemos erigido embriagados de soberbia y prepotencia. La vida es tan sencilla. Se reduce a querer y ser querido. Sólo eso. Lo demás es una absurda comedia que siempre termina en el mismo drama. El circo –con perdón para el circo de verdad, el auténtico- sigue en su espiral de números y falacias. Viendo que aún existe gente que sigue y aplaude a unos y a otros, creo que el hombre es el más imbécil de los animales. La Torre ha caído. Caminamos entre sus escombros. ¿No los veis? Tienen sus elegantes trajes llenos de polvo que es una mezcla de sufrimiento humano y dolor ajeno. Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. Las balas acaban siempre impactando en algún lugar. Por desgracia, muchas veces en una vida humana. Se han inventado armas que pueden arrasar ciudades enteras. Pero no se ha inventado el arma que pueda destruir el arte, la magia de la creación, del verso que vibra sobre un mundo enfermo de vanidad. Así, el poeta –libre de credos, de políticas, de ideologías- expresa como siente el dolor. Un dolor que no tiene cura. El dolor de pertenecer a una especie profundamente cruel que sigue pisando los restos de su caída torre, sin percatarse de que, algún día, esos despojos serán su tumba.

Nacimos sin nada y pudimos tenerlo todo.

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