lunes, 17 de septiembre de 2012

CÁRCEL DE LIBERTAD Y FELICIDAD

    
    Un elevado número de corrientes intelectuales y filosóficas han clamado por la libertad como indiscutible panacea para los males que ayer, hoy y siempre, ha sufrido el ser humano. Es hermoso, hasta enriquecedor pensar en la posible nobleza de todas estas acciones, todos estos proyectos de un ser humano libre y feliz. El único problema es, que todas parten de una premisa, a mi juicio, terriblemente falsa. Es el pensar que la libertad y la felicidad existen. Probablemente, el personaje que más cercano estuvo a esa libertad y felicidad, fue el filósofo griego Diógenes de Sínope, que vivió entre los años 412 y 323 a.C. Este si que era un verdadero rebelde y denunciador de la sociedad que le tocó vivir. Sociedad que, por cierto, fue la que vio nacer eso que tanto nos llena ahora la boca, la democracia. Aunque, tanto la de entonces como la de ahora, tendrían mucho que revisar en lo que respecta al bienestar de sus ciudadanos. Pero ese no es el tema, que me desvío. Pues resulta, que el tal Diógenes, partiendo de la creencia de que sus contemporáneos basaban más sus vidas en lo que socialmente se consideraba malo, que en lo que realmente estaba mal; defendía la búsqueda de esa felicidad practicando una vida autosuficiente. Esto le llevó a dormir en la calle y tener por hogar una tinaja. La figura de este cínico –término que ha llegado a nuestros días desvirtuado y hoy hace referencia a una persona que tiene una actitud sarcástica y burlona- siempre me ha parecido de las más interesantes; no sólo de la historia de la filosofía, sino de la historia de la humanidad. Su vida está salpicada de anécdotas que son toda una enseñanza. Fundamentalmente porque pensó como vivió, o si se quiere, vivió como pensó. Eso es una rareza entonces, y hoy en día mucho más. Estamos cansados de asistir desde hace décadas al espectáculo de, como una gente dice una cosa y obra de forma totalmente contraria. Pero vuelvo a Diógenes, que es mucho más interesante que cualquier otro individuo del panorama actual. Basta para dar una idea de los principios de este filósofo callejero, el recordar la conocida anécdota que habla de cuando Alejandro Magno quiso conocerlo. Aquel hombre, conquistador de bastos territorios, poderoso como nadie en la tierra, hizo la pregunta que cualquier hombre poderoso de hoy en día, sea político o de otra índole, haría por alguien que admirase: ¿Puedo hacer algo por ti? Pero Diógenes, al hombre más poderoso de la tierra entonces, sólo le respondió “que se apartara porque le estaba tapando el sol”. Frase clave y sentenciosa. Espejo de cómo el poder tapa la luz a los necesitados, como impide ver la realidad y la belleza de las cosas sencillas, como intenta hacernos creer que necesitamos más de lo que necesitamos, que debemos aspirar a más de lo que aspiramos; en resumen, que debemos depender de ellos para nuestra felicidad. Diógenes tenía las ideas muy claras. Tan claras que, cuando le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, contesto que “Porque que la gente piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos”. Una excelente forma de decir que obramos siempre de acuerdo a nuestro beneficio sin pensar en lo demás. Precursor de esta actitud cínica fue Antístenes, uno de los filósofos más relevantes de su época, discípulo directo de Sócrates. Parece ser que Diógenes quiso ser su discípulo, pero él no quería discípulos. El mencionado Antístenes, además de estar presente en la muerte de Sócrates, mientras discutían sobre la inmortalidad del alma y esperaban a que llegara el momento de beber el veneno que le causaría la muerte (¡Casi nada!) nos dejo para la posteridad unas cuantas perlas que hablan de su claridad ante los conceptos de felicidad y libertad que nos ocupan. Como decir que “la virtud del hombre y de la mujer son la misma” Increíble frase en una sociedad como la griega en que las mujeres seguían relegadas y carecían de muchos derechos fundamentales. Lamentablemente, a pesar de la máscara que la sociedad actual ha puesto a muchos de esos derechos, aún sigue la mujer teniendo que luchar por cosas muy básicas que una sociedad regida por hombres sigue empeñada en no otorgarle. Pero me escapo del tema. Eso sería tema para otro artículo que es posible algún día escriba. Estábamos con Antístenes que ha dejado para la historia una de mis frases favoritas porque hace siempre meditar sobre la futilidad de la vida. Decía que “por todo equipaje deberíamos llevar sólo aquello que, en caso de naufragio, pudiésemos nadar con él”. Sentencia que con el tiempo dio lugar a la excelente frase “Tienes sólo aquello que no puedas perder en un naufragio”. Tal vez, si el mundo hubiese seguido a los cínicos sería un caos; tal vez, un caos maravilloso. Nunca lo sabremos. Hoy todos queremos nadar, pero guardamos la ropa. La famosa sentencia que el actor Humphrey Bogart dice como Rick Blaine en la película Casablanca, “Yo no me juego el cuello por nadie”, sigue al orden del día. Diógenes se lanzó a una vida que hoy podríamos ver como mísera, probablemente primero pensando en si mismo, sin duda alguna. Pero su gesto ha sido toda una declaración de intenciones ante una sociedad ficticia. El problema radica en el concepto de las palabras que, por mucho que nos empeñemos, no son algo inamovible y con una definición concreta. A las pruebas me remito. Hablar de democracia hoy y hablar de democracia en Atenas hace unos miles de años, no tiene nada que ver. El concepto genérico que la palabra entraña, es decir, el aceptado socialmente por la mayoría, sería el primer significado. Pero después está el concepto que la palabra tiene para cada individuo. La idea que uno puede tener de amor, no tiene por que ser igual a la de otros; ni siquiera a la de la persona a quien uno ama. La idea de libertad que uno tiene, puede estar a millones de años luz que la de las personas que lo rodean. Ese es el verdadero problema a la hora de la consecución de metas, a la hora de buscar puntos de encuentro para una sociedad mejor, para un mundo mejor. Así las cosas, vuelvo al planteamiento inicial que mucho se dice: ¿Existe la verdadera felicidad, la verdadera libertad? Como Diógenes de Sínope, pienso que cada uno debería buscar la suya. Si alguien no se siente libre, como puede predicar libertad o crear leyes que hagan sentir a los seres humanos más libres. Si uno no es feliz; como puede exigir que los demás sean felices o le den esa felicidad que no tiene. Volviendo a Antístenes, creo importante recordar lo que contestó cuando le preguntaron qué era lo mejor para los hombres. Dijo: "Morir felices". Y encierra mucha verdad esa sentencia. Sólo al final, cuando uno va teniendo más muerte que vida cara al futuro, es cuando todo aquello que vivimos se va desmenuzando en cada mirada, en cada sonrisa, en cada frase, en cada pensamiento. Probablemente no existe la libertad y la felicidad tal y como nos la han querido vender. Pero estoy seguro que, cuando sueño, cuando escribo, cuando invento melodías; estoy muy cerca de ellas. Miro hacia atrás y veo la vida como pequeños suspiros desperdigados por un camino, a veces árido otras florido; y pienso ¡Que lejos estoy de todos aquellos que siguen subiendo la eterna montaña! La misma a la que los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta su cima. Se ven tan ridículos. Suben y suben. Creen que han llegado a la cumbre, pero la piedra tarde o temprano vuelve a caer por su propio peso y, con ella, sus afanes de grandeza, su vanidad, sus falsas esperanzas de poder efímero. Cuando veo al ser humano tan disfrazado; pienso en aquel Diógenes de Sínope, desnudo ante el mundo, sin más fuerza que su pensamiento y sus ideas. Capaz de decirle a Alejandro Magno, el hombre más poderoso de la tierra, “Quiero que te apartes porque me tapas el sol”. Si, nos están tapando el sol desde hace mucho. En aras de las indefinibles e indeterminadas y tan personales palabras de libertad y felicidad, nos llevan siglos ocultando un sol que no es patrimonio de los que dirigen los países. Un sol del que somos merecedores por el solo hecho de ser humanos y estar vivos. Es tan pequeñito el hombre ante ese sol que todo lo inunda. Si en la inmensidad de universo alguien pudiese verlos, pensaría estar asistiendo a una representación de marionetas. Unas marionetas que, lamentablemente no hacen reír a los niños. Porque están rompiendo su futuro, el bienestar de una vida que está empezando a caminar. Todo se lo perdonaré; hasta las más crueles mentiras. Pero el que no piensen que, en esta espiral de sinrazón hay pequeñas criaturas que no saben de déficit, ni de primas, ni de crisis; eso no lo puedo perdonar. Hace mucho que pasa. Los niños mueren sin remedio en países oprimidos por intereses petrolíferos y de otra índole. A veces me pregunto como podemos dormir tranquilos. Qué suerte de mecanismo no nos mantiene para siempre despiertos ante una crueldad que jalona todo un siglo XX en el que, supuestamente, nos hemos hecho más civilizados, más cultos y más “modernos”. Ahora, como una maldición sin nombre, la avaricia y el caos se siguen extendiendo en el siglo XXI, como una plaga silente, suben por los pies, nos abrazan y se enroscan en nuestro cuello. He comenzado hablando de felicidad y libertad. He acabado hablando de niños inocentes. Tal vez, porque parece un insulto hablar de felicidad y libertad, cuando vivo en un mundo envuelto y apresado por mil cadenas que conforman cada vez más una maraña de cárceles donde todos habitamos sin remisión. Como en un kafkiano proceso que, hace apenas treinta años sería inimaginable; la hipocresía se ha adueñado de una tierra gris y expoliada, en pos de esa libertad y esa felicidad de la que yo, ya no puedo seguir hablando sin sentir vergüenza. 

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