lunes, 20 de junio de 2011

DE LA NIÑEZ Y EL TIEMPO

    
Muchos años antes que la dinomanía hiciese acto de presencia a raíz del estreno de la película Parque Jurásico; siendo muy niño, llegó a mis manos el libro que, con toda probabilidad, ha sido el que más veces he leído.  En este momento lo tengo entre mis manos. La colección se titulaba “Vida íntima de los animales”, y este ejemplar en concreto estaba dedicado a la prehistoria. Mi niñez, además de música y literatura, estuvo llena de sueños, en gran parte incentivados por los programas de Félix Rodríguez de la Fuente y las novelas de Julio Verne entre otras. Deseaba convertirme en un zoólogo viajero, sobre todo en las grandes sabanas y selvas africanas. Pero eso es otra historia. Después de haber cumplido años, volviendo la vista atrás y repasando un poco el tiempo transcurrido, ha vuelto a mi memoria ese libro tan ameno sobre la prehistoria que leí una y otra vez, fascinado por aquellos animales y homínidos que me hablaban del tiempo. Así, mucho antes de la dinomanía, con muy pocos añitos, conocía a la perfección al Tyrannosaurus, Triceratops, diplodocus, brontosauros, ictiosaurio, Archaeopteris, Australopithecus, smilodon, oso de las cavernas y otros muchos. Hoy, me pregunto por qué me fascinaba tanto aquel libro. Creo que la respuesta es, que abría ante mis infantiles ojos un mundo desaparecido que había poblado la tierra antes de las especies actuales. Probablemente, sin apenas darme cuenta, comencé a tener conciencia de la fugacidad de la vida, de lo insignificante de una existencia en la inmensa historia de la humanidad. Seguro que, si no me gustase tanto la historia, el arte y la filosofía, hubiese encauzado mi vida por el camino de las ciencias. Nunca he dejado de leer libros sobre astronomía, biología y otras materias bastante alejadas de mi carrera musical y literaria. Hay algo mágico en la contemplación de los cielos estrellados en las noches de verano. En las estrellas fugaces, que no son más que un fenómeno luminoso producido por un meteoroide al atravesar nuestra atmósfera¸ pero nos gusta pensar que puedan ser estrellas caídas de la bóveda celeste. Desde luego, es mucho más romántico. Así, contemplando el cielo y observando los animales -los que más a mano tenía: erizos, topos, ciempiés, saltamontes, hormigas, mantis religiosas, escarabajos, arañas, moscas, lombrices y demás- se adornó mi infancia de sueños y diversión. Hoy, la cantidad de especies que se han descubierto desde entonces, nos facilita aún más los conocimientos sobre los orígenes de la tierra, la vida y los primeros seres que habitaron el planeta. Pero en mi niñez, un libro sobre la prehistoria lleno de dibujos, era un pasaporte para viajar en el tiempo. Así lo soñó H. G. Welles en su novela La máquina del tiempo. Comencé entonces, paralelamente a escribir mis primeros versos, a intentar escribir las primeras novelas de aventuras. Novelas que nunca terminaba, probablemente porque no tenía los suficientes conocimientos para dotarlas de un hilo narrativo consistente. Incluso escribí mis primeros “libros didácticos”. Seleccionaba textos de los libros de naturaleza y los escribía en libretas que acompañaba con dibujos y cromos sobre la materia. Hoy recuerdo aquellos días de niñez con gran ternura. Creo que, en las lecturas y en las contemplaciones de la naturaleza se forjó mi camino de escritor. Comenzó, al igual que la música, como un juego, y terminó convirtiéndose en el eje central de mi trayectoria vital y artística. No me puedo quejar de lo vivido. Pero, con todos los sueños que han quedado en el camino, podría escribir muchos libros. Es cierto que, el de los sueños, es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados. Envejecemos cuando dejamos de soñar, cuando perdemos las expectativas de realizar cosas que pueden parecer imposibles, pero no lo son. Sólo hay que volver la vista atrás para darse cuenta de todas las cosas que creíamos imposibles y conseguimos. Hoy, la dinomanía ha pasado. Hay nuevos frentes. La mayoría de los niños ya no levantan hormigueros para observar su interior laberíntico, ni encierran a las lombrices en terrarios para analizar su comportamiento. Los cielos de las ciudades suelen tener un velo de polución que impide la  mayoría de las veces la contemplación de las estrellas. El aire de la libertad golpeaba continuamente nuestra cara, porque nos pasábamos el día en los caminos de tierra, por los montes y en playas casi vírgenes. Aquel pequeño libro ilustrado sobre la prehistoria empezó a enseñarme lo pequeña que iba a ser mi existencia comparada con la edad de la tierra. También me hizo pensar en la fugacidad de la vida, mostrándome especies que habían desaparecido por completo del planeta. Hasta el libro más sencillo nos puede enseñar muchas cosas acerca de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Hasta la palabra más simple nos puede hacer comprender lo relativo que es todo. Incluso estas líneas que, ha medida que van escribiéndose, comienzan a ser pasado.



Pintura Julio Mariñas.


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