viernes, 17 de junio de 2011

SOBRE ARTE Y ARTISTAS

    Siempre he pensado que el creador debe  ser una persona independiente. Extiéndase por independiente, el estar totalmente desvinculado de movimientos políticos y sociales como artista. No como persona, por supuesto. En su intimidad, cada una hace lo que quiere. En la historia existen ejemplos que probablemente puedan desmontar esta teoría. Aunque considero que las grandes obras de arte son atemporales. Los críticos, entendidos y otros artistas, es posible que a posteriori las hayan dotado de connotaciones políticas o sociales; pero el arte con mayúsculas se eleva por encima de los acontecimientos pasajeros y revela a la humanidad su grandeza, siendo susceptible de múltiples interpretaciones. Es por eso que me parece un ejercicio imposible que el autor hable de su obra. Todo esto viene a colación porque uno está ya un poco cansado de llevar años y años viendo como el entramado comercial ha convertido a muchos creadores en personajes mediáticos. Los medios de comunicación; televisión, radio, prensa y las redes sociales, queriendo o sin querer, han impuesto unas normas no escritas que se han de cumplir para el “triunfo” del artista. Craso error. Desde mi punto de vista el triunfo público-personal no me interesa lo más mínimo. Me interesa el triunfo público de mi obra. Puede ser políticamente incorrecto, pero el verdadero creador no realiza su trabajo pensando en la gente que lee sus escritos o escucha su música. Por supuesto que es maravilloso que la gente llegue a tener admiración por ti gracias a lo que escribes o compones. Pero el creador es como una “madre”. Se siente feliz cuando su obra llega al corazón de la gente, y muy incómodo cuando tiene que hablar de si mismo. Ahora nos parece muy normal; pero esto es un invento reciente. El siglo XX ha puesto rostro a los personajes; y las últimas décadas mucho más. En mi adolescencia, cuando era ya un ávido lector, la mayoría de los escritores no tenían rostro para mí. Los españoles en mayor medida, gracias a los libros de texto. Pero los extranjeros, exceptuando Julio Verne, Poe y algún otro, no tenían rostro. Daba igual que fuesen altos, bajos, barbados, feos, guapos, gordos, delgados, buenos oradores. Incluso, la mayor parte de su vida personal nos era desconocida. Eso no me impidió disfrutar de  Moby Dick, Los viajes de Gulliver,  Sherlock Holmes y un sin fin de obras más. La estructura actual del arte en la sociedad parece estar diciéndonos: “Primero véndenos una imagen de tu persona, después leeremos o escucharemos tu obra”. Que es interesante la vida de un Lope de Vega o un Cervantes. Por supuesto; adoro las biografías. Pero no indispensable para disfrutar de su obra. El primer contacto que teníamos antes con una primera lectura o audición no estaba empañado por una idea preconcebida a causa de la información abundante anterior al disfrute de dicha obra. El ejemplo más alarmante y donde esta teoría se hace irrefutable es en el cine. Los trailers, a veces verdaderos cortos sobre las películas; los Making off, destripan los films de tal manera, que apenas hay sorpresa cuando llegamos a la sala. Los niños de hoy jamás podrán vivir las experiencias que tuve en los cines de mi barrio. La primera película de la que tengo memoria en una sala de cine son Los crímenes del museo de cera. La cara quemada de Vicent Price saliendo de las sombras provocó en mis ocho años un impacto brutal. Algo que puede conmocionar así, posee el poder de la atracción hacia las emociones intensas. Fue la chispa que me convirtió en un amante del cine. Entrar en la sala, era entrar en una oscuridad que llevaba por mundos sorprendentes. Hoy sería inconcebible provocar las sensaciones que tuve entonces cuando vi un gorila montado en un caballo, o a  Charlton Heston llorando arrodillado entre los restos de la Estatua de la Libertad en el Planeta de los simios. Toda la información proporcionada antes del estreno, hubiese destripado cualquier fascinación posterior. Algo muy similar, aunque tal vez menos perceptible ocurre en la literatura. Un libro de calidad “discutible” se convierte en un best seller. Aceptado. Por una extraña fiebre colectiva, ese autor o autora genera una serie de libros que venden y vende sin cesar. Todos esos libros se han convertido en obras de primera fila mediáticas. Difícil de comprender. Hasta los mejores escritores y músicos de la historia tienen grandes obras maestras y otras mucho menores. “No se puede ser sublime sin interrupción”, dijo Goethe. Estaba en lo cierto. Aunque hoy, parece que eso es posible. Cientos de creadores pueden ser sublimes sin interrupción. ¿Cuál es la formula del éxito artístico? Un marketing potente y, como no, suerte. Venía todo esto a cuento por el tema inicial en el que hablaba de la independencia del artista. En el caso de la música, la cosa es aún más delicada. Un escritor de  best seller, por lo menos se ha molestado en escribir quinientas o mil páginas; pero hay, vamos a llamarlos “compositores”, que escribiendo melodías con unas cuantas notas más o menos combinadas con cierta “musicalidad”, viven holgadamente. Mientras otros ven como sus obras sinfónicas y óperas duermen el sueño de los justos. Así las cosas, las nuevas generaciones están inmersas en una vorágine consumista donde se les va adoctrinando sobre la literatura que tienen que leer y la música que tienen que escuchar. El arte con mayúsculas decae lentamente, porque el apoyo a los verdaderos artistas es cada vez más precario. Nadie quiere hacerse cargo de algo que no sea a priori “comercial”. El creador puede buscar consuelo pensando que el arte de verdad prevalecerá por encima de las modas y el dinero. Pero, si él ya no está para verlo ¿de qué le servirá? Son datos conocidos por todos; pero no debemos de olvidar que Mozart fue enterrado en una fosa común, Van Gogh sólo vendió un cuadro en su vida y Salgari apareció muerto en un parque dejando una nota para sus editores en que decía claramente como le habían chupado la sangre. Tal vez este artículo no sea políticamente correcto; pero siempre he dicho que “Tengo una amiga llamada libertad” lo cierto es que esa amistad me ha costado muchos disgustos y una condena no dictada al ostracismo. A pesar de todo no me arrepiento. Crear es una fiebre de la que no se puede una librar con nada. El artista lo hace llevado por un impulso irrefrenable. El placer de escribir o componer, en el que se dan la mano alegría y sufrimiento, es una experiencia insuperable. Una vez que la obra está terminada ya no es de su creador. Pertenece a todos aquellos que quieran acercarse a ella y se conmuevan con su lectura o audición. Sucede igual con la interpretación. Cuando acabas tu canción y alguien te dice:”Me ha gustado”. Es agradable de oír. Pero, cuando alguien te dice: “Me has emocionado”. Entonces comprendes que tu esfuerzo tiene una recompensa. Creo que esa es la principal finalidad del arte; conmover al receptor.  Después, puede ser muy interesante el análisis técnico de los diferentes elementos que componen la obra. Pero lo que hace grande a la obra de arte es su capacidad para conmover el ánimo. Si los entendidos que dictaminan la calidad de una obra tuviesen “la clave” de cuales son los elementos que le dan a una obra literaria o musical la categoría de obra de arte, ellos mismos serían los genios. La creación debería estar subvencionada por ser un bien de interés general. Un mundo sin arte, es un mundo sin “alma”. En aras de la “modernidad”, se ha producido una degeneración total en la que todo vale, siempre y cuando las arcas de los que manejan el cotarro sigan llenándose. Por supuesto que hay buena música y buena literatura en el mercado. Pero en el medio de una ingente cantidad de residuos altamente tóxicos para el intelecto y sobre todo para las emociones humanas. Siempre he pensado que el creador debe mantener su independencia. Y ya lo dijo el sabio: “Haz silencio a tu alrededor si quieres oír hablar a tu alma”. Cierren la ventana por favor. Hay demasiado ruido ahí fuera y no puedo concentrarme.
Fotografía de Julio Mariñas

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