AQUELLA INCORRECTA, SUCIA Y HERMOSA VIDA DEL PASADO

 





    Existió un tiempo, allá por la segunda mitad del siglo XX, cuando los que ahora somos sexagenarios éramos niños, adolescentes, jóvenes, donde todo era real, y la ficción habitaba en el reino propio de cada uno.

    Aquel tiempo -en contraste con el actual que es correcto, limpio y agradable- era incorrecto, sucio y hermoso; como lo era y sigue siendo la naturaleza misma que nos rodea.   

    En aquel tiempo, en el día a día del barrio, todos éramos iguales con nuestras grandes diferencias. Y las mujeres eran sugerentemente imperfectas, con su juventud delicada o exuberante, de pieles suaves y ojos brillantes, o con su madurez de piernas castigadas y pechos descendentes, de rostros vividos y miradas serenas.

    Existió un tiempo en que para el último adiós había un lecho de hogar con los seres queridos al lado; donde los restos mortales reposaban en el salón silente; y los niños entendíamos que la muerte siempre llega y la vida se acaba.

    Un tiempo de callejones oscuros donde los desterrados descansaban sin miedo, y entre ellos era posible encontrar vagabundos filósofos, mujeres sabias y hombres de mirada torva.

    Fue el tiempo de un barrio con caminos sin asfaltar, prados verdes y carballeiras serenas. El tiempo en que jugábamos por las calles, saltábamos los muros y buscábamos en el verde topos y erizos despistados, entre las piedras lagartijas y cristalinas y en los arbustos arañas dueñas de perfectas telas. Era el tiempo de llegar a casa con la cara y la ropa sucia, y las rodillas rozadas.

    Hubo un tiempo de infantiles besos apenas terminados, de adolescentes roces buscando las ocultas maravillas. Aquel tiempo de juventud en solitarias playas que buscábamos al morir el día, de arboledas sombrías tupidas por la hierba, de hostales desgastados con habitaciones cálidas en su frialdad antigua.

    Ese tiempo lejano, no muy diferente en su esencia a otros anteriores, se fue abandonando por un llamado “progreso” mental y físico homicida, que tuvo y tiene como finalidad enterrar el pasado o, si no es posible, deformarlo para degradarlo ante las nuevas generaciones.

    Este “progreso” que alienta la eterna juventud de caras lisas sin expresión, de cuerpos gomosos sin estrías ni defectos; sepultando el reflejo de la experiencia y negando la evidencia del paso de los días.

    Un "progreso" que condena a morir en la fría sala de un hospital y aleja los cadáveres de los hogares metiéndolos en salas compartidas.

    Un "progreso" que ha cubierto con asfalto los campos, los prados y los caminos, o los ha enterrado bajo bloques de edificios; extinguiendo los lugares apartados donde los amantes gozaban de la vida.

    Un "progreso" que llena los montes de grandes molinos eólicos en un supuesto afán de cuidado medioambiental, cuando son estructuras que desestabilizan el ecosistema y acaban con gran número de especies animales.

    Ese "progreso" que ha dado unas “máquinas” a los niños, adolescentes y jóvenes, privándoles de la inmensa maravilla de contemplar su alrededor y de descubrir la vida por sí mismos buscando, observando, oliendo, escuchando, saboreando, tocando y abrazando el tiempo de la plenitud.

    No, no quiero este correcto, limpio y agradable mundo artificial construido para deshumanizar al hombre, obligándole a ser cada vez más dependiente de la tecnología; potenciado por los que rigen el mundo con la finalidad de eliminar la esencia primigenia del ser humano y encerrar su pensamiento en unas cuantas premisas falsas que no tienen nada que ver con la realidad, para de ese modo poder manejar mejor a las gentes.

    Porque aquella incorrecta, sucia y hermosa vida del pasado, era real; con su placer, su dolor, sus encuentros, sus despedidas.

    Fue, no sólo el tiempo de los jóvenes de entonces; sino el último aliento de una humanidad que tenía todo lo bueno y lo malo de la vida.

    Con él se perdieron los valores no escritos que nos guiaban en el día a día. La palabra dada, la mirada franca y la sonrisa sincera sin tener que pensar en infinitas variables de intenciones, el calor del hogar, el respeto a los ancianos, el valor de la experiencia.

    En aquel tiempo, cuando era apenas un chaval, sabía distinguir el bien del mal y el bueno del malo. Hoy, las gentes se esconden tras una máscara, y, como decía Napoleón Bonaparte, “Hay tantas leyes que nadie está seguro de no ser colgado".

    Cuando muera el último de mi generación; esa de los cines de barrio, los veranos interminables, los rincones sin dueño; cuando eso suceda, morirá la memoria de un pasado irrepetible en el que sólo existía la palabra vivir, y todo lo demás era secundario.

    Aquel tiempo sigue vivo en mí. No he renunciado a ninguna de las cosas que aprendí en mi niñez, desde mi casa, por el barrio y hasta la escuela. Porque aquella ansia de saber y amar siguen latiendo como el primer día en mi interior.

     Aquel tiempo era incorrecto, era sucio y hermoso. Como es la vida misma.

    Qué más se puede decir.

 

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Foto ©Julio Mariñas

Compositor y escritor


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