LA ETERNA BALADA DEL PASADO
Cada vez es más largo el camino
entre ellos y yo.
Cada vez es más largo
el tiempo y la distancia.
En las brumas del frío
las esencias viajan por parajes remotos.
Como un leve suspiro, en ciertas ocasiones
el suave viento acerca
dulces instantes del ayer lejano;
en otras la galerna con furia violenta,
hace asomar los dramas perdidos en las horas.
En un largo y árido camino
me sumergí una noche de tormenta.
La lluvia no mojaba
aquel terroso y seco suelo,
y conocidas sombras ya sin cuerpo
salpicaban el trágico sendero.
Hay voces que me hablan
en la oscuridad, alrededor del lecho;
pero, al alba luminosa,
no logro recordar lo que decían.
Todo lo que la mano del hombre no ha tocado
parece igual que en otros tiempos.
El mar, el cielo, el árbol centenario.
Pero aquella espuma que bañó sus pies,
aquel cielo testigo de mi llanto,
el árbol bajo el cual nos prometimos
caminar juntos el sendero de la vida;
ya no son los mismos, son distintos.
Porque otra espuma marina,
otras nubes celestes,
otra corteza arbórea,
son los que hoy contemplo.
Y allá,
en el lago perdido entre los verdes prados,
sigo escuchando el canto de los cines, hoy ausentes,
con su infinita sensación de lejanía.
Soy un hombre que arrastra las cadenas
de los adioses y los sueños no cumplidos.
Nunca volverá el alba a deslumbrar
con sus dulces y acariciantes rayos
nuestros desnudos cuerpos
yaciendo semienterrados entre sábanas,
henchidos de juventud y vida.
Abrazo el silencio.
Escucho el llanto del niño que ayer fui.
Bajo este cuerpo ya maduro,
con el pensamiento castigado por los años,
aún habita ese desgarro dulce del sentir primero.
Camino la ciudad.
Soterrado en el cruel e insaciable manto del progreso,
late un tiempo pasado, hoy olvidado.
Las casas con los soportales,
antaño besadas por el mar,
antiguo refugio de barcas pesqueras,
remos, redes, rezones, nasas, cestas;
donde aún me parece escuchar el bullicio de gentes marineras,
hombres de recios brazos y grandes manos,
mujeres con pies descalzos y tez morena.
Camino la ciudad,
Los verdes prados se han adormecido
bajo los pies de bloques de viviendas;
y las, en otro tiempo, carballeiras o tierras de labranza,
hoy son hormigueros de cemento para humanos.
He visto en los ojos de un anciano
a sus antepasados campesinos;
en la mirada de una bella joven
la hermosura de antiguas pescantinas.
He contemplado cómo se vomitaba asfalto
y concreto, sobre el azul del mar,
sobre los montes, sobre las arenas;
sin pudor, sin temor, con osadía.
He visto desaparecer en medio siglo
mucho de lo que fue y se ha extinguido;
a veces, con el simple paso de los años,
otras, por la feroz crueldad humana.
Camino el campo.
Escucho el canto de los pájaros saludando a la mañana,
observo mariposas que buscan el néctar de las flores,
advierto inquietas lagartijas sobre antiguos muros
que aún resisten el paso de los tiempos.
Camino el campo.
Contemplo el viejo roble sobrio y firme,
la higuera flexible que se expande,
el aliso escoltando la ribera,
los prados escarchados y el aliento
que emanan al sentir nacer el día.
Todo es belleza que me acoge,
sin tener en cuenta que soy parte
de una especie animal devastadora
que se cree dueña y señora del planeta.
Una palabra, una sonrisa, un gesto amable.
Esos tesoros que el humano tiene,
si los interioriza y reflexiona,
pueden cambiar su ser, su pensamiento,
pueden lograr el milagro que consiga
quebrar cualquier poder o tecnología,
cualquier estúpida y miserable idea de destruir.
Caminamos sobre una alfombra de cristales
elaborada por todo lo que fuimos arrasando;
y, a fuerza de pisarlos,
hemos perdido la sensibilidad primera.
Ya nada sacia al correcto ciudadano.
Todo es ansiedad y desconcierto
en millones de vida que, vacías,
pretenden llenar su "alma" de elementos
ajenos a la ternura y la pasión.
Pero, el “alma” nunca tiene fin.
No es un espacio limitado.
Es el mismo universo que la acoge.
Por eso no hay fronteras para ella;
ni riquezas materiales que sobornen
al verdadero ser humano.
Ese que hace prevalecer su Yo
individual, único, intransferible,
de tal modo que pueda proyectarlo
hacia todos los seres, todas las cosas,
sin perder su verdadera esencia.
Una explosión de exhibición revienta
cada día, cada hora, cada instante.
Manifestación del desespero
de una sociedad agonizante.
Globalizar para adoctrinar y secuestrar
el pensamiento de cada individuo;
mezclarlo haciendo masa, diluirlo,
y agitarlo hasta el desvarío;
hasta que ya no sabe si es él,
o ha dejado de ser muriendo en vida.
Todo es odio y rencor, a veces soterrado.
La hipocresía se ha instalado en los humanos.
Las gentes aspiran a muchas cosas.
Yo sólo he aspirado a ser Yo mismo.
Nunca he odiado, ni tengo rencor.
He dedicado mi vida a amar,
y en eso sigo.
En silencio, para qué hay que hablar.
Yo sé quiénes son y han sido mis amigos;
quiénes aquellas a las que no olvidé;
quiénes los familiares ya perdidos.
En las mañanas frías del invierno
la escarcha se posa en los cristales,
en el verde de campos y arboledas.
Pero las aves cantan
al primer rayo de sol que fundirá
todo ese helado manto de la noche
depositado sobre la callada tierra.
En un mismo instante
miles de humanos nacen.
En un mismo instante
miles de humanos mueren.
Pero esas muertes… Esas muertes…
Esas muertes prematuras
nos muestra la crueldad de la naturaleza.
Esas muertes propiciadas
nos muestra la crueldad humana.
Homo sapiens, única especie
capaz de matar con premeditación y alevosía,
por un fin material o sin ningún motivo;
inclusive sin honra, a traición.
El honor, la palabra, la ética, el respeto.
Tantas cosas perdidas en el vacío mundo.
Conocedor del tiempo, acatando el espacio;
mientras vivo el presente, navego con mi mente
por el espeso túnel de las horas lejanas.
Laberínticas grutas transito, sin saber
dónde me llevarán.
Y viajo, y viajo
por las aguas inmensas de procelosos mares,
por parajes inhóspitos de bosques y montañas.
Olvidados del mundo, estando en el pasado,
ya nadie es su dueño.
Son libres y, por eso,
yo soy igual que ellos.
Nadie ha podido nunca violar mi pensamiento.
Por eso, he sido y soy libre en mi interior.
Y mi Yo sigue intacto,
como en el despertar del aliento primero,
como en la juventud, en la que cabalgaba
un brioso corcel hecho de viento y fuego.
Ya los sueños se fueron a las áridas tierras
donde tristes y mudas vagan sombras sin dueño.
Y el pasado gravita en lugares que ya
hace tiempo no existen en el mundo presente.
Pero en mí aún habitan; sólo que no como antes.
Los veo solitarios, abandonados, tristes.
En el cuarto de hostal –que hoy es una oficina-
con el lecho y los muebles bajo un manto de polvo,
en la quieta penumbra
se dejan entrever añejas telarañas.
Un cine abandonado, de butacas vacías,
con el telón rasgado desgastado en su grana;
sobre el blanco mate de la antigua pantalla,
perdidas las imágenes, tan solo hay arañazos,
y el ruido de fritura flota en el aire espeso.
La playa solitaria,
a la que el mar de otoño regresa y acaricia,
oculta en sus arenas la belleza de un tiempo.
Bajo su piel de grano
los restos de naufragios de los días pasados
yacen callados, quietos.
Que nadie los perturbe.
Cómo rememorar en esta hora quieta
los nombres ya sin rostros.
Cómo bañar heridas de las que apenas quedan
restos de cicatrices.
Tomamos de aquel árbol generoso,
no una fruta, sino montones de ellas.
Mordimos con fruición la preciada ambrosía
hasta caer rendidos.
Ansiosos, insaciables, queríamos más y más.
Y la vida nos dio todo lo que pedimos.
Porque éramos jóvenes,
y no había cadenas que pudiesen ceñir
nuestros cuerpos de estío.
Así, como en un sueño,
fue quedando aquel tiempo
suspendido en el aire.
Realidad del ayer; espejismo del hoy.
Preparado el corcel, sereno está esperando
el día en que lo monte y tome las riendas.
Emprenderemos ruta por el sendero incierto
que nos ha de llevar a la tierra de sombras.
Con sus crines al viento, sobre su fuerte lomo
de un negro zaíno fundido con la noche,
galoparé sin tregua por el ayer dormido
hasta llegar por fin a ese paraje yermo
sin auroras ni cielos de estrellas titilantes,
donde no soplan vientos que me puedan traer
una luz de esperanza.
Así,
en la negritud,
callado y ya vencido,
dejaré que el olvido me lleve para siempre.
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Foto ©Julio Mariñas
Compositor y escritor

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