jueves, 16 de julio de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - II



    -No se confunda, joven; siempre hay un reloj que está marcando las horas; aunque muchas veces no lo podamos ver o situaciones de la vida nos alejen de su percepción. Ese es el drama y, a la vez, la alegría de la existencia; que somos irremediablemente finitos. Cómo si no valoraríamos el recorrido vital que nos ha tocado. Sin esa certeza de finitud, el ser humano demostraría aun más desprecio a su existencia del que muchos demuestran a pesar de dicho conocimiento.
    -Eso, Doctor, es una obviedad. La discusión no es sobre la existencia del tiempo, sino de, cómo es ese tiempo, cómo se sucede y cómo ese transcurrir afecta de un modo u otro a nuestra vida. Cuando estamos felices en una situación amorosa, parece que el tiempo estuviese marcado por el discurrir de los diminutos granos de un reloj de arena. Sin embargo, cuando algo nos inquieta y vivimos un estado de incertidumbre, el tiempo parece marcado por un gigantesco reloj pendular que marcase las horas más pesadas y tétricas.
    -No cabe duda; es usted un poeta. No obstante, le recuerdo que, además de esas brillantes imágenes que su verbo fluido nos regala, existe un reloj biológico. Y no lo digo porque sea doctor. Todos los que hemos abandonado la juventud lo hemos sentido en primera persona; ya que en la madurez se revela indefectiblemente.
    Ese joven y el Doctor; ya están de nuevo dándole vueltas al tiempo y sus misterios. Siglos y siglos de civilización, de pensamiento; filosofía y ciencia en ocasiones de la mano, en otras divergiendo; pero siempre intentando explicar el tiempo y sus misterios, el origen y el sentido de la vida; y siempre con resultados infructuosos; en algunas ocasiones, en estos miles de años, tal vez parciales o esperanzadores; pero nunca definitorios, jamás conclusivos. Probablemente porque la verdad no existe. Es sólo un cobijo que los humanos han creado; rincón donde depositar vanas esperanzas y acallar la realidad de su finitud. Ellos hablan y hablan, desahogando así la ansiedad que provoca la evidencia que todos conocemos bien cuando apenas llevamos unos años en la tierra. Conversan, disertan, discuten, sólo para adornar ese silencio interior que todos llevamos. El mismo que cobra más vida cuando la noche se abate sobre nuestro cuarto y nos encuentra solos, desamparados; huérfanos, desvalidos, lejos ya del abrigo materno de infancia. A veces miramos al cielo, y la luna llena no muestra una única cara. Todo lo demás es misterio en la noche. Así, cuanto más vive el hombre, más muerte arrastra hacia el olvido. Probablemente la única constancia que tenemos del paso de eso que hemos dado en llamar tiempo, sean todos esos cadáveres de los que tenemos conciencia que han quedado en el camino; los conocidos, los familiares, los amigos, los padres. Listado del que un día formaremos parte. Una inexorable guadaña siega el éter sobre nuestras cabezas. Por los hechos de los innumerables caídos en el camino, se revela, aunque no sea visible para el ojo humano. De ese modo nos es dado a comprender que un día nos tocará a nosotros. Y, cuando de lo que fuimos no quede más que un leve recuerdo en algún corazón que nos sintió, o un vestigio casi imperceptible en la mente de aquellos que nos conocieron; siempre habrá un joven, un doctor o cualquier otro elemento que siga cuestionando, discutiendo y disertando sobre eso que se ha dado en llamar tiempo, vida y demás conceptos que se antojan muy amplios, pero muy bien podrían coger en una maleta como la que ahora contemplo; maleta en la que es muy posible llevar las cenizas de un humano, o su cuerpo troceado. Tan insignificante es el hombre en su pretendida grandeza. Las disertaciones entre materia y espíritu han jalonado las épocas de la historia. Aunque, al final, pese a las múltiples teorías, siempre ha sido por el bienestar material que se han desencadenado las revoluciones, las guerras, las invasiones. El deseo de posesión material ha desbancado a lo largo de las épocas a los deseos espirituales; pese a que en muchas ocasiones se han enarbolado estos últimos como pretendida disculpa para ocultar la ambición del hombre por las riquezas terrenales.

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