martes, 2 de septiembre de 2014

VED ESA ESTRELLA

    Ved esa estrella. Su luz sigue brillando a pesar de que ha muerto hace muchos años. Esa relatividad existencial hace al hombre tan pequeño, que parece imposible la vigencia de tanta soberbia y vanidad enseñoreando su insignificante planeta. Tal vez ese conocimiento de finitud es lo que convierte al homo sapiens, en muchas ocasiones, en un repugnante ser lleno de violencia, odio y desprecio a todo que no sea su “Yo”. Así, despropósito tras despropósito, masacre tras masacre; va llenando, en muchos casos, su existencia de cadáveres, en ocasiones físicos y en ocasiones psicológicos, y decorando con ellos, de un modo siniestro, la superficie de un planeta que lleva mucho tiempo herido de muerte. Acaso desde que el ser humano se estimó lo suficientemente poderoso como para destruir la hermosa vida que alberga la tierra. Las grandes corrientes de pensamiento político y religioso se han ido transformando paulatinamente en hervideros de humanos llenos de razón unos frente a otros. Lo que los grandes escritores dejaron en sus libros para la historia, se tergiversa e interpreta de modo torticero en beneficio de una u otra idea. El objetivo de una vida digna comienza a pasar por vulnerar los derechos del prójimo. El mayor delito del sapiens es la pretensión fanática de que todo el mundo piense como él, y elevar eso a ley universal, por encima de la dignidad de los diferentes. Querer aplastar cualquier idea o forma de vida individual en aras de una supuesta globalidad benefactora quedará para la historia como una de las mayores atrocidades perpetrada por un sistema envenenado en sus raíces más hondas. La historia de la humanidad ha sido siempre el relato de una lucha constante entre pueblos, gobiernos y líderes. La voz de los poetas se ha alzado entre los restos de sangrientas batallas para lanzar su mensaje y perpetuar la conciencia de los que sufren en la eternidad. Hoy, todo ha cambiado y la imagen llega a nuestros hogares con nitidez. Ya no podemos decir que desconocemos el signo de la barbarie humana. Pero en la vorágine del fanatismo, en los cómodos hoteles del mundo civilizado, parece no importar demasiado a los grandes, los cadáveres de niños inocentes entre los escombros, ni las miradas de los ancianos que ven su vida, ya hecha, desvanecerse en guerras fraticidas. Si bien todo supuesto tiene su antagónico; cabría esperar que el amor tuviese en el odio un antagónico menos desproporcionado. La ética y la moral de los seres humanos en general es tan débil y absurda, que una gran orgía de placer a nivel mundial, seguro que movilizaría mucho más a los que mueven los hilos y les haría apresurarse a dicta leyes restrictivas; que las constantes masacres a las que asistimos día a día en el planeta. Aún siendo sabedor de que la crueldad es inherente al ser humano, no puedo por menos que seguir conmoviéndome ante la total pasividad con la que los homo sapiens actuales aceptamos asistir resignados a una degradación cada vez mayor de las sociedades que, en pleno siglo XXI, parecen seguir revolviéndose sobre si mismas para emprender un camino que sólo lleva a cometer los mismos errores de tiempos pasados. La tierra puede parecernos grande; pero el universo lo es mucho más. Sólo mirando más allá, en ese firmamento repleto de enigmas, es posible tomar conciencia de la pequeñez que nos asiste. Así, cuando volvamos la mirada hacia los que nos rodean, veremos la insignificancia de los que se consideran poderosos y la grandeza de los que son humildes. Desde el día que un homínido quedó fascinado ante el crepitar de un fuego generado por su propio intelecto hasta hoy, lo único que ha cambiado es que, sabedores del nuestro recorrido histórico, tenemos conciencia de los actos que realizamos y promovemos. Ya no podemos decir que no sabemos las consecuencias que trae el adoctrinamiento de masas y el empecinamiento de querer imponer nuestros modelos vitales a todos como única verdad universal. Por eso ahora somos mucho más culpables de lo que sucede. Pese a todo, nos siguen vendiendo la falacia de una felicidad promovida por los unos, los otros y los demás allá; movilizando a las masas ante supuestos ideales en los que nunca han creído ni creerán, mientras llenan sus bolsillos con más dinero del que podrían disfrutar en diez vidas. Cuando, la eventual felicidad, en el supuesto de existir, radica en nuestro interior más profundo. Muy lejos de los billetes en curso, muy lejos de las grandes pompas y concentraciones, muy lejos de todo aquello llamado globalidad. Porque, ya lo dijo el poeta: “Si quieres oír cantar tu alma, haz silencio a tu alrededor” (Arturo Graf) La oigo, está cantando. Es un canto suave, leve, sin pretensiones; parece decir: Sueña, porque en el mundo de los sueños nadie podrá profanar tu esencia más auténtica. Lejos, sigue rugiendo el león de la sinrazón, ensoberbecidos en su patética fachada de palabras huecas. Mientras sueño, una estrella fugaz se precipita en la noche. Pido un deseo. No se puede revelar. Soñar no paga impuestos… Por el momento.


No hay comentarios:

Publicar un comentario