martes, 21 de agosto de 2012

EL JARDÍN DE LOS SUEÑOS DE INFANCIA - Mi sobrino Mario


    Aún no ha cumplido el año de vida, pero observo en él la fuerza de mil titanes. La mayoría de los humanos creen que el poder radica en sus musculados cuerpos, en su abundante cuenta corriente, en imponer su fuerza sobre los que tienen bajo control. Pero no es cierto. Apenas uno ve la sonrisa de Mario, se da cuenta que el poder radica en esa mueca dulce e inocente; en esos ojos limpios que, cuando miran, serían capaces de desarmar al ejército mejor equipado del mundo. Cuando extiende sus manos para intentar atrapar un ojo, la nariz o un labio; dejo que consiga su propósito, porque sé que en esas manos radica la inocencia y son un bálsamo para mi rostro curtido por los años de interminables batallas. Incluso cuando está ausente gateando por el suelo, tomando una hoja seca y llevándola en su mano distraído; incluso en esos momentos lo siento más cerca de mi que al resto de los mortales. Porque Mario es como un bálsamo para las heridas que anidan en lo profundo. Su nacimiento parece haber, sino hecho olvidar ni llenado, si aliviado el vacío de todos los seres queridos que se fueron. Él no sabe que esta viviendo el tiempo en que la vida no es dueña de ti. No entiende de vanidades ni futuros. Vive sus primeros meses como total señor. La época en que, a pesar de necesitar de nuestros amorosos padres para sobrevivir, poseemos una independencia de acción y pensamiento que jamás volveremos a tener. Lejos de las contaminadas conciencias de los adultos, de sus prejuicios morales y filosóficos; mi sobrino Mario mira el mundo con sus grandes ojos serenos. Hasta el más vil y despreciable humano, si se detuviese a observar con detenimiento el rostro de Mario cuando ríe, frenaría sus impulsos delictivos y execrables, y quedaría quebrado en su conciencia. Dicen que los artistas y creadores deben ser siempre niños para seguir continuamente aprendiendo y descubriendo la vida, pero viendo a Mario, uno descubre lo lejos que está de regresar a ese niño que fuimos. Hasta sus pataletas y sus lagrimones tienen la esencia del más puro sentimiento. Nada en él está tiznado por la estúpida vanidad humana. Ahora veo la importancia que tienen nuestros primeros años de vida. Aquellos donde captamos todo lo que nos rodea y asimilamos cada gesto, cada imagen. Mi sobrino Mario es la constatación de que la vida sigue su curso y no se detiene ante nada. En él veo la prueba irrefutable de que el paraíso buscado por los hombres, ese que dicen perdido en algún lugar de subconsciente, no es otro que la infancia. Esa infancia que mece hoy a mi sobrino Mario y le hace disfrutar una felicidad que nunca nadie encontrará en los libros de autoayuda. Aún no ha cumplido el año de vida. Pero tiene el poder de las cosas auténticas. En su pequeño corazón late la esencia primigenia y laten los corazones de todos los que le queremos. Él, sin saberlo, cuando nos sonríe, nos está haciendo un poco mejores con nosotros mismos y con el mundo, aunque no lo sepa. Mi sobrino Mario lleva en su alma de apenas diez meses la esencia de la belleza. Algo intangible. La melodía de un tiempo que es un eco lejano en mi alma de artista. Por todas esas cosas tengo que darle las gracias. Aunque él no lo entienda, aunque apenas sepa nada de la vida. Tal vez un día intentará buscar el significado de su existencia. Entonces, mirará atrás y percibirá el aroma de un tiempo que no puede recordar. Un tiempo en el que fue libre sin saberlo. Y en su corazón, ya cansado, residirá el cariño que todos le brindamos.


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