UNA MALETA Y LA LUNA - XXXII
La luna llena proporciona suficiente claridad como para poder ver sin dificultad la maleta. Acerco mis manos temblorosas; siento como si estuviese profanando algo sagrado. Una sensación similar debió de experimentar Howard Carter cuando contempló por primera vez la Tumba de Tutankamón. Inclino la maleta. A pesar del cuidado con el que lo hago, se levanta algo de polvo espeso que queda durante unos instantes en suspensión. Noto la aspereza de las bisagras oxidadas en mis dedos. El ruido que hacen al abrirse rasga como un afilado cuchillo el silencio circundante. Descubro lentamente la maleta. Parece estar vacía. Salgo de mi error al observar unos sobres grandes en el fondo. Los tomo en mis manos. Cada uno tiene un nombre. Son los nombres de mis amigos de tertulia. Los cadáveres del salón regresan a mi mente. Ellos, muertos, ¿Dónde está mi pena? Los sobres no están cerrados. Eso me permitirá leer el contenido sin dejar señales demasiado evide...