UNA MALETA Y LA LUNA - III
Hace calor en este ático. Clima que parece premonitorio, antesala de un infierno candente y lóbrego. Pero no quiero caer en la ansiedad y el desasosiego. Ni mi castigado cuerpo, ni mi lacerada alma, me lo permitirían. Han pasado muchos años desde el día en que viví la situación más inquietante de mi vida. Entonces aún tenía el vigor suficiente que me otorgaban los treinta y pocos años. Fue en las antiguas y estrechas calles de una pequeña ciudad. Sucedió una circunstancia que se da en ocasiones puntuales y acontece en las horas muertas del día; esas donde toda presencia humana desaparece con sutileza, sin que no percatemos. Entonces me vi caminando el centro de una empedrada calle, sin tráfico, de aceras vacías; los habituales sonidos de la urbe diluidos en una atmósfera cargada y densa propiciaron un ambiente en suspenso y aislador. Física soledad, extraño vértigo que provoca el no encontrar ni escuchar reflejos de nuestra especie en un entorno creado para ella...